VALLEJOS BEATRIZ(1922-2007)

 Nació en Santa Fe en 1922, al igual que Alfonsina Storni vivió algunos años en Coronda, para pasar después a  Capilla del Monte (Córdoba) donde ejerció la docencia.


Por último, decidió vivir en  Rosario, con intermitentes temporadas en su preciosa casa de San José del Rincón, cerca de la ciudad de Santa Fe.


 Su producción literaria fue prolífera: Publicó los libros de poesía Alborada del Canto (Castelvi, Santa Fe, 1945), Cerca pasa el río (Ediciones Rosario, Rosario, 1952), La rama del seibo (edición de la autora, Rosario, 1963), El collar de arena (Colmegna, Santa Fe, 1980), Espiritual del límite (La Ventana, Rosario,  1963), El collar de arena (Colmegna, Santa Fe, 1980), Espiritual del límite (La Ventana, Rosario, 1980), Pequeñas azucenas en el patio de marzo (Ediciones Juglaría, Rosario, 1985), Ánfora de Kivi (Ediciones Juglaría, Rosario, 1985), Horario corrido (Fundación Ross, Rosario, 1985), Lectura en el bambú (Fundación Banco Bica, Santa Fe, 1987), Sin evasión (Ediciones de la nada, Santa Fe, 1992), Donde termina el bosque (Ediciones del Taller, Rosario, 1993), Del río de Heráclito (edición de la autora, Santa Fe 1999), Del cielo humano (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2000), El Cántaro (Ediciones en danza, 2001, Buenos Aires).


En 2002, la editorial de la Universidad Nacional del Litoral publico detrás del cerco de flores, exquisita edición de libro caja con CD en el que la propia Beatriz dice algunos de sus poemas con música de fondo de latidos de su propio corazón y en el año 2012 las editoriales de la Municipalidad de Rosario y de la Universidad Nacional del Litoral también dieron vida  a su obra reunida con prólogo de la poeta Celia Fontán, amiga entrañable de Beatriz, y cronología de la también poeta Beatriz Vignoli.


Explica Celia Fontán refiriéndose a su amiga:
“Poeta y laquista, Beatriz Vallejos es una voz perdurable, intensa, delicada, en la poesía santafesina y en la del país, espléndida entre los poetas del Gran Rio, que conforman una tradición central de la poesía argentina, una de sus vertientes de mayor potencia. La sutil presencia humana y la delicadeza con que ella mira el paisaje litoraleño, los brazos del Paraná, sus islotes y pantanos, el agua, las gradaciones de la luz, la quietud, el silencio, la belleza del instante, dan sustancia y contenido a los poemas.


Beatriz Vallejos alternó su actividad poética con la plástica. Se destacó como laquista, fue discípula del imaginero chileno Carlos Valdés Mujica y a partir de los años sesenta realizó exposiciones, participó de muestras en el Salón de Arte Moderno del Museo Castagnino, en Rosario, e integró otras muestras con artistas plásticos de renombre. En sus lacas, plenas de veladuras, supo incorporar resinas y detritus propios del paisaje litoraleño como restos de maderas y espinas de peces. Creadora que no veía límites entre distintas manifestaciones del arte, combinó textos, música, imágenes, y podría decirse que escribió poesía como si pintara y pintó lacas como si de un poema se tratara”.


Finalmente conocí a Beatriz. Fue unos diez años más tarde de aquel primer encuentro con su poesía, cuando mis hijas ya habían crecido y empezaban a invitarme a dar cursos de literatura y educación en otras provincias. Fui a Santa Fe hacia noviembre de 2001, poco antes de la debacle nacional, y la visité, por la generosidad de una amiga común, en su preciosa casa de San José del Rincón, con recuerdos de artistas plásticos santafesinos –sus amigos– de la movida cultural de los sesenta, más un jardín frondoso con bosquecito de bambúes incluido, más calles arenadas de pueblo y la deslumbrante proximidad del Paraná o mejor, de uno de sus brazos, el Ubajay.


Desde aquella visita a su casa tuve siempre noticias suyas, además de por la amiga en común, porque nos escribíamos, ella al dorso de reproducciones de sus lacas, y nos hablábamos cada tanto por teléfono. Tengo sobre todo en la memoria una imagen de mí misma junto a una ventana hablando largo con ella después de la inundación de Santa Fe.


En los comienzos de sus escritos fue más típicamente sesentista, con toques telúricos y cierto espíritu de denuncia, hasta que más tarde el mundo fluvial (apaisado profundo) que comienza realista adquiere ya para siempre formas y tonos que evocan la poesía oriental y la filosofía zen.


La escritura como un soplo, un suspiro leve, casi impalpable, como lo apenas dicho, intuición e ilusión de lo inasible de todo lo cual dan cuenta la elección de las palabras, la disposición de los versos, la puntuación o su ausencia… El tono cada vez más cercano a la meditación, resistente muchas veces a la lógica sintáctica y, a medida que la vida avanza, cada vez más cercano a una ingenuidad próxima a la sabiduría.


Nos vimos personalmente  muy pocas veces….
La segunda vez que la vi, en octubre de 2004, fue en el departamento de Rosario al que la llevaron porque ya no podía vivir sola.


 Yo sabía ya un poco acerca de su desmemoria. Estaba en Rosario como invitada al Festival de Poesía y fui a su casa el día en que llevaban a Palestina los restos de Yasir Arafat, lo digo porque no puedo ya separar de la memoria mi conversación con ella habitada por la desmemoria de la imagen del ataúd que llevaba el cuerpo de ese hombre hacia las entrañas de su pueblo. 


Transparencia, luminosidad, incandescencia, sutileza, candor, contemplación son asociaciones a las que nos llevan sus poemas. “Si al parecer es naïf, es decir ingenua, la poesía que escribo, será por imperativo maternal de ofrecer mundos posibles de armonioso y fértil equilibrio.


Muchos de sus poemas toman la forma de una conversación y eso es lo que apareció en lo que escribí para/sobre/con ella.


Escribí Beatriz unos diez años antes de escribir Cleofé, con poemas donde la desmemoriada era mi madre y recién entonces, con este libro hecho, supe que aquel día de tristeza en Rosario (la última vez que vi a Beatriz Vallejos) y el borroneo de escritura en el bar, al salir de su casa, eran una precuela de lo que vendría una década más tarde.


No es casual que la escritura de Beatriz me haya llevado una y otra vez a mi madre, a las madres, tal vez porque vi en ella algo que pasado un tiempo se volvería mío, la que escribe envejeciendo y deseando en el envejecimiento, depurarse, quitarse de sí todo exceso. Todo esto (y quién sabe cuánto más) está detrás de ese Beatriz que se fue escribiendo en memoria de la poeta amada y honrada.


Un pasado de vida y escritura que se rebela y me revela, subsume en la memoria la huella indeleble de su poesía.  En el título de un libro, en el epígrafe, en conversaciones con ella, pero sobre todo en ese modo tan condensado con que ejerció la palabra, Beatriz se ha quedado en mi memoria, regresa su voz en lo más inesperado llamándome a la relectura. Y yo le soy fiel”.

 

 Bibliografía:
La expuesta en el texto


Vallejos Beatriz. Pasaje. Topografía:
Corre de N. a S. a la altura de Salvat 2700
Se le impuso ese nombre por O. 9.892 del año 2018.


Recuerda a la poetisa  santafesina de gran sensibilidad traducida en sus obras.